David Harvey: “El neoliberalismo es un proyecto político”

Hace diez años, David Harvey publicó Breve historia del neoliberalismo, que es ahora uno de los libros más citados sobre el tema. En los años que han transcurrido desde entonces, hemos visto crisis económicas y financieras, pero también nuevas olas de resistencia que, en su crítica a la sociedad contemporánea, han tomado como blanco el «neoliberalismo».

Cornel West se refiere al Movimiento Black Lives Matter como «una impugnación al poder neoliberal»; el difunto Hugo Chávez, llamó al neoliberalismo “camino al infierno”; y los líderes sindicales usan cada vez más el término para describir el entorno más amplio en el que tienen lugar las luchas en los centros de trabajo. La prensa oficial ha tomado también el término, aunque sólo sea para sostener que el neoliberalismo, en realidad, no existe.

Pero, ¿de qué hablamos exactamente cuando hablamos de neoliberalismo? ¿Es un blanco útil para los socialistas? Y, ¿cómo ha cambiado desde su génesis a finales del siglo XX?

Bjarke Skærlund Risager, becario de doctorado del Departamento de Filosofía e Historia de las Ideas de la Universidad de Aarhus, se sienta con David Harvey para discutir la naturaleza política del neoliberalismo, cómo ha transformado las formas de resistencia y por qué la izquierda todavía tiene que tomarse en serio ponerle fin al capitalismo.

Neoliberalismo es hoy un término ampliamente usado. Sin embargo, a veces no queda claro a qué se refiere la gente cuando lo usa. En su uso más sistemático puede referirse a una teoría, un conjunto de ideas, una estrategia política o un período histórico. ¿Podrías empezar explicando cómo entiendes el neoliberalismo?

Siempre he tratado el neoliberalismo como un proyecto político llevado a cabo por la clase capitalista corporativa que se sentía profundamente amenazada tanto política como económicamente hacia finales de la década de 1960 y en los 70. Querían implantar desesperadamente un proyecto político que pusiera freno al poder del trabajo.

En muchos respectos, se trataba de un proyecto contrarrevolucionario. Cortaría de raíz lo que, en aquel momento, eran movimientos revolucionarios en gran parte del mundo en desarrollo —Mozambique, Angola, China, etc.— pero también una creciente marea de influencias comunistas en países como Italia, Francia y, en menor medida, la amenaza de que ello renaciera en España.

Incluso en los EEUU, los sindicatos habían creado un Congreso Democrático que era bastante radical en sus propósitos. A principios de los 70, junto con otros movimientos sociales, forzaron una serie de reformas y de iniciativas reformistas de carácter anti-corporativo: la Agencia de Protección Ambiental, la Administración de Seguridad y Salud Ocupacional, protecciones a los consumidores y todo un conjunto de cosas que daban al trabajo mayor poder incluso del que habían tenido antes.

Así que la situación era, en efecto, una amenaza global al poder de la clase capitalista corporativa y, por tanto, la cuestión era “¿qué hacer?”. La clase dominante no era omnisciente, pero reconocía que había un número de frentes en los que tenía que dar la batalla: el frente ideológico, el frente político y, por encima de todo, tenía que poner freno al poder del trabajo por todos los medios a su alcance. De aquí emergió un proyecto político que yo llamaría neoliberalismo.

¿Puedes hablar un poco de los frentes ideológico y político y de los ataques al trabajo?

En el frente ideológico se siguió el consejo de un tipo llamado Lewis Powell, que escribió un memorándum en el que decía que las cosas habían llegado demasiado lejos, que el capital necesitaba un proyecto colectivo. El memorándum ayudó a movilizar la Cámara del Comercio y la Business Roundtable.

Las ideas eran también importantes para el frente ideológico. En aquel momento, se consideraba que era imposible organizar las universidades porque el movimiento estudiantil era demasiado fuerte y el personal docente e investigador tenía una mentalidad demasiado democrática, así que establecieron todos estos think tanks, como el Instituto Manhattan, la Fundación Heritage, la Fundación Ohlin. Estos think tanks difundieron las ideas de Friedrich Hayek y Milton Friedman y las de la economía de oferta.

La idea era que estos think tanks hicieran investigaciones serias, y algunos de ellos las hicieron; por ejemplo, el National Bureau of Economic Research era una institución privada que hizo una investigación extremadamente buena y exhaustiva. Esta investigación sería luego publicada de forma independiente, tendría influencia en la prensa y poco a poco rodearía y se infiltraría en las universidades.

Este proceso requirió un largo período de tiempo. Creo que ahora hemos llegado a un punto en que ya no se necesita algo como la Fundación Heritage. Las universidades han sido prácticamente tomadas por los proyectos neoliberales que las rodeaban.

Con respecto al trabajo, el desafío era hacer que el trabajo doméstico fuera competitivo con el trabajo global. Una forma era abrirse a la inmigración. En los 60, por ejemplo, los alemanes importaban trabajo turco; los franceses, trabajo magrebí; los británicos, trabajo colonial. Pero esto provocó una gran insatisfacción y malestar.

En vez de ello, escogieron otro camino: llevar el capital allí donde hubiera mano de obra barata. Pero para que la globalización funcionara había que reducir tarifas y hacer más poderoso al capital financiero, porque el capital financiero es la forma más móvil del capital. Así que, el capital financiero y cosas como los tipos de cambio flexibles fueron decisivas para ponerle freno al trabajo.

Al mismo tiempo, los proyectos ideológicos para privatizar y desregular, crearon desempleo. Así que, desempleo en casa y deslocalizaciones llevándose los trabajos al extranjero y un tercer elemento: el cambio tecnológico, desindustrialización por medio de la automatización y robotización. Esta era la estrategia para aplastar al trabajo.

Fue un asalto ideológico pero también un asalto económico. Esto es el neoliberalismo para mí: era un proyecto político y creo que la burguesía o la clase capitalista corporativa lo puso en marcha poco a poco.

No creo que empezara a partir de las lecturas de Hayek ni nada de eso, creo que intuitivamente dijeron: “Tenemos que aplastar al trabajo, ¿cómo lo hacemos?”. Y descubrieron que había por ahí una teoría legimitimadora que podría apoyarlo.

Desde la publicación de Breve historia del neoliberalismo en 2005, ha corrido mucha tinta sobre el concepto. Parece que hay dos campos principales: académicos que están más interesados en la historia intelectual del neoliberalismo y gente cuya preocupación reside en el “neoliberalismo realmente existente”. ¿Dónde te encuadras tú?

En las ciencias sociales, hay una tendencia, a la que me suelo resistir, a buscar una teoría de una sola bala de algo. Así, hay toda una serie de personas que dicen que, bueno, el neoliberalismo es una ideología y escriben así una teoría idealista sobre él.

Una versión de esto es el argumento de Foucault sobre la gubernamentalidad, que ve tendencias neoliberalizantes ya presentes en el siglo XVIII. Pero si tratas el neoliberalismo simplemente como una idea o un conjunto limitados de prácticas de gubernamentalidad, encontrarás muchos precursores.

Lo que falta aquí es la manera en que la clase capitalista orquestó sus esfuerzos durante la década de los 70 y principios de los 80. Creo que sería justo decir que en ese momento —al menos en el mundo angloparlante— la clase capitalista corporativa estuvo bastante unificada.

Estaban de acuerdo en muchas cosas, como la necesidad de una fuerza política que realmente los representara. De modo que consigues capturar al Partido Republicano y socavar, en cierto grado, el Partido Demócrata.

Desde la década de 1970, la Corte Suprema ha tomado un conjunto de decisiones que han permitido a la clase capitalista corporativa comprar elecciones más fácilmente de lo que podían hacerlo en el pasado.

Por ejemplo, puedes ver reformas de financiación de campañas que contemplan las contribuciones a las campañas como una forma de libertad de expresión. Hay una inveterada tradición en los Estados Unidos en la que la clase capitalista corporativa compra las elecciones, pero ahora ha sido legalizada, en vez de funcionar bajo cuerda como práctica corrupta.

En general, creo que este período estuvo definido por un amplio movimiento que atravesaba muchos frentes, ideológicos y políticos. Y la única manera en la que puedes explicar este amplio movimiento es reconocer el relativamente alto grado de solidaridad entre la clase capitalista corporativa. El capital reorganizó su poder en un intento desesperado de recuperar su riqueza económica y su influencia, que habían sido seriamente erosionadas desde finales de los años 60 y en los 70.

Ha habido numerosas crisis desde 2007. ¿Cómo nos ayuda a entenderlas la historia y el concepto de neoliberalismo?

Hubo muy pocas crisis entre 1945 y 1973; se vivieron algunos momentos serios pero no grandes crisis. El viraje hacia las políticas neoliberales tuvo lugar en medio de una crisis en la década de los 70 y desde entonces todo el sistema ha sido una sucesión de crisis. Y, por supuesto, el transcurso de las crisis crea las condiciones para futuras crisis.

En 1982-85 hubo una crisis de deuda en México, Brasil, Ecuador y básicamente en todos los países en desarrollo, incluyendo Polonia. En 1987-88, hubo una gran crisis en las instituciones de ahorro y préstamo en los EEUU. Hubo una gran crisis en Suecia en 199o y todos los bancos tuvieron que ser nacionalizados.

Luego tenemos, por supuesto, Indonesia y el Sudeste Asiático en 1997-98, la crisis pasa luego a Rusia, luego a Brasil y luego golpea a Argentina en 2001-2.

Y hubo problemas en EE UU en 2001, que se superaron sacando dinero del mercado de valores y colocándolo en el mercado inmobiliario. En 2007-8, el mercado inmobiliario de EE UU implosionó y aquí tienes una crisis.

Puedes mirar el mapa del mundo y ver cómo se van moviendo las tendencias de la crisis. Pensar sobre el neoliberalismo ayuda a entender estas tendencias.

Uno de los grandes movimientos de neoliberalización fue expulsar a todos los keynesianos del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional en 1982: una limpieza total de los asesores económicos de ideas keynesianas.

Fueron reemplazados por teóricos neoclásicos de economía de oferta y lo primero que hicieron fue decidir que, en adelante, el FMI debería seguir una política de ajuste estructural cuando se produjera una crisis en cualquier lugar.

En 1982, efectivamente, hubo una crisis de deuda en México. El FMI dijo: “Os salvaremos”. En realidad lo que estaban haciendo era salvar las bancas de inversión de Nueva York e implementar políticas de austeridad.

La población de México sufrió un pérdida de alrededor del 25% de su nivel de vida en los cuatros años posteriores a 1982 como resultado de la política de ajuste estructural del FMI.

Desde entonces, México ha tenido en torno a cuatro ajustes estructurales. Muchos otros países han tenido más de uno. Esto se ha convertido en la práctica estándar.

¿Qué le están haciendo ahora a Grecia? Es casi una copia de lo que le hicieron a México en 1982, sólo que de forma más inteligente. Es también lo que ocurrió en los EE UU en 2007-8. Rescataron a los bancos e hicieron a la gente pagar por medio de políticas de austeridad.

¿Hay algo en las recientes crisis y en las formas en que las clases dominantes las han gestionado que te haya hecho repensar tu teoría del neoliberalismo?

Bueno, no creo que la solidaridad entre la clase capitalista sea hoy lo que fue. Geopolíticamente, los EE UU no están en una posición para dar las órdenes a nivel global como lo estuvieron en los años 70.

Creo que estamos viendo una regionalización de las estructuras del poder global en el sistema estatal: hegemones regionales como Alemania en Europa, Brasil en Latinoamérica, China en Asia Oriental.

Obviamente, los Estados Unidos todavía mantienen una posición global, pero los tiempos han cambiado. Obama puede ir al G20 y decir: «Debemos hacer esto» y Angela Merkel puede decir: “No voy a hacer eso”. Esto no habría ocurrido en los 70.

De manera que la situación geopolítica se ha regionalizado, hay más autonomía. Creo que es en parte resultado del fin de la Guerra Fría. Países como Alemania ya no pueden seguir confiando en los Estados Unidos para que les proteja.

Además, lo que se ha llamado la “nueva clase capitalista” de Bill Gates, Amazon y Silicon Valley tiene una política diferente respecto al petróleo y energía tradicionales.

El resultado es que tienden a seguir su propio camino, de modo que hay mucha rivalidad sectorial entre, digamos, energía y finanzas, y energía y el grupo de Silicon Valley, etc. Hay divisiones serias que son evidentes en cosas como el cambio climático, por ejemplo.

La otra cosa que creo que es crucial es que el empuje neoliberal de los años 70, no tuvo lugar sin una fuerte resistencia. Hubo una resistencia masiva por parte del trabajo, de los partidos comunistas en Europa, etc.

Pero diría que hacia el final de los 80 la batalla estaba perdida. En la medida en que la resistencia ha desaparecido, el trabajo no tiene el poder que una vez tuvo, la solidaridad entre la clase dominante no es necesaria para que ésta siga trabajando.

No tiene que unirse y hacer algo frente a la lucha desde abajo porque ya no hay ninguna amenaza. La clase dominante lo ha hecho tan extremadamente bien que realmente no tienen que cambiar nada.

Pero mientras que a la clase capitalista le ha ido muy bien, al capitalismo le ha ido bastante mal. Las tasas de ganancia se han recuperado, pero las tasas de reinversión son espantosamente bajas, de modo que hay mucho dinero que no vuelve a circular en la producción, sino que, en vez de ello, fluye hacia el acaparamiento de tierras y la adquisición de bienes.

Hablemos más de la resistencia. En tu trabajo, apuntas a la aparente paradoja de que a la ofensiva neoliberal le correspondió un declive de la lucha de clases —al menos en el Norte Global— en favor de los “nuevos movimientos sociales” en favor de la libertad individual.

¿Podrías desarrollar cómo piensas que el neoliberalismo da lugar a ciertas formas de resistencia?

He aquí una proposición sobre la que reflexionar. ¿Y si cada modo de producción dominante, con su configuración política particular, creara un modo de oposición como un reflejo de sí mismo?

Durante la era de la organización fordista del proceso de producción, esa imagen era un gran movimiento sindical centralizado y partidos políticos con centralismo democrático.

La reorganización del proceso de producción y el viraje a la acumulación flexible durante los tiempos neoliberales, han producido una izquierda que es también, su reflejo: conectada por redes, descentralizada, no jerárquica. Creo que es muy interesante.

Y hasta cierto punto, ese reflejo confirma aquello que trata de combatir. Creo que al final el movimiento sindical sustentaba, en realidad, al fordismo.

Pienso que gran parte de la izquierda ahora mismo, siendo muy autónoma y anárquica, está reforzando en realidad el desenlace del neoliberalismo. A mucha gente de la izquierda no le gusta oír esto.

Y, por supuesto, surge la pregunta: ¿hay una manera de organizarse que no sea un reflejo [de lo que se combate]? ¿podemos romper el espejo y encontrar otra cosa, que no esté jugando en el terreno del neoliberalismo?

La resistencia al neoliberalismo puede darse de distintas formas. En mi trabajo enfatizo que el espacio en el que se realiza el valor es también un punto de tensión.

El valor es producido en el proceso de trabajo y esto es un aspecto muy importante de la lucha de clases. Pero el valor se realiza en el mercado, por medio del intercambio, y en esto hay mucha política.

Hay mucha resistencia a la acumulación de capital que no sólo tiene lugar en el ámbito de la producción, sino también en el consumo y realización del valor.

Piensa en una fábrica de automóviles: las grandes fábricas solían emplear a cerca de 25 000 personas; ahora emplean a 5 000 porque la tecnología ha reducido la necesidad de trabajadores. Así que, el trabajo está siendo desplazado, cada vez más, de la esfera de la producción y está siendo empujado, cada vez más, hacia la vida urbana.

El principal centro del descontento en el seno de la dinámica capitalista está desplazándose cada vez más hacia la realización del valor, hacia la política de la vida cotidiana en la ciudad.

Obviamente, los trabajadores importan y hay muchas cuestiones entre los trabajadores que son cruciales. Si estamos en Shenzhen, en China, las luchas sobre el proceso de trabajo son dominantes. Y en los Estados Unidos hemos apoyado la huelga de Verizon, por ejemplo.

Pero en muchas partes del mundo, las luchas en torno a la calidad de la vida diaria son las dominantes. Mira a las grandes luchas de los últimos diez o quince años: cosas como la del parque Gezi en Estambul, no eran una lucha de obreros, era descontento con la política de la vida cotidiana y la falta de democracia en los procesos de toma de decisiones; en las revueltas de las ciudades brasileñas en 2013 era, de nuevo, descontento con la política de la vida cotidiana: transporte, posibilidades y frente al gasto de todo ese dinero en grandes estadios, cuando no gastas nada en construir escuelas, hospitales y viviendas asequibles. Las revueltas que vemos en Londres, París y Estocolmo no son sobre el proceso de trabajo, son sobre la política de la vida cotidiana.

Esta política es bastante distinta de la política que existe en el ámbito de la producción. En la producción, está el capital contra el trabajo. Las luchas en torno a la calidad de la vida urbana son menos claras en términos de su configuración de clase.

La política de clase nítida, que normalmente se basa en la compresión de la producción, se vuelve teóricamente borrosa a medida que se hace más realista. Es una cuestión de clase, pero no una cuestión de clase en un sentido clásico.

¿Crees que hablamos demasiado de neoliberalismo y demasiado poco de capitalismo? ¿Cuándo es apropiado usar uno u otro término y qué riesgos implica mezclarlos?

Muchos liberales dicen que el neoliberalismo ha ido demasiado lejos en términos de desigualdad de ingresos, que toda esta privatización ha ido demasiado lejos, que hay bienes comunes de los que tenemos que hacernos cargo, como el medio ambiente.

Hay también una variedad de formas de hablar de capitalismo, como la economía colaborativa, que resulta estar capitalizada y es explotadora en un alto grado.

Está la noción de capitalismo ético, que simplemente parece tener que ver con ser razonablemente honesto en vez de robar. Así, pues, en la mentalidad de cierta gente, existe la posibilidad de algún tipo de reforma del orden neoliberal hacia alguna otra forma de capitalismo.

Creo que es posible hacer un capitalismo mejor del que existe en la actualidad. Pero no mucho mejor.

Los problemas fundamentales son, en realidad, tan profundos ahora mismo, que no hay forma de llegar a ningún sitio sin un movimiento anti-capitalista muy fuerte. Así que, querría plantear las cosas en términos anticapitalistas, en vez de plantearlas en términos anti-neoliberales.

Y, al escuchar a gente hablar del anti-neoliberalismo, creo que el peligro es que no hay ninguna conciencia de que el capitalismo es en sí mismo un problema, independientemente de su forma.

La mayor parte del anti-neoliberalismo fracasa en afrontar los problemas macro del crecimiento exponencial y acumulativo sin fin: problemas ecológicos, políticos y económicos. De modo que, hablaría de anticapitalismo antes que de anti-neoliberalismo.

https://www.jacobinmag.com/2016/07/david-harvey-neoliberalism-capitalism-labor-crisis-resistance/

Traducción: VIENTO SUR